Se me ocurre que muchas veces quienes mejor siguen ciertas lecciones filosóficas son personas que nunca han tenido contacto con los textos; que constituyen hacia ellos una prescripción secreta y una descripción insospechada. Así, una vez una escritora mejicana me dijo que, si le preguntase a una habitante de Chiapas si conoce la teoría de la plusvalía respondería que no, pero que formaba parte de una sociedad casi comunista con la mayor naturalidad. De tal modo se me ocurre que lejos de ser la comunidad científica-filosófica la que ha aplicado las teorías de Hans-Gerorg Gadamer, son los músicos de Jazz los que actúan hermenéuticamente.
¿De qué nos habla la hermenéutica de Gadamer? En primer lugar, de una unidad entre la experiencia y la percepción a partir del lenguaje. Es decir que estamos en el mundo estando en el lenguaje, dejando de considerarlo como un ‘medio’ para interpretar la realidad, se establece la unidad de ambos. En el Jazz el lenguaje tiene una importancia predominante, se dedican años de estudio para su comprensión, para manejarlo adecuadamente y es a partir de él que estamos dentro del género. Estamos en el Jazz, estando en su lenguaje, comprendiendo sus guiños, sus ironías, interpretando sus giros. Aquí es donde se hace posible un segundo puente.
Nos dice Gadamer que toda comprensión se realiza necesariamente dentro de un horizonte histórico determinado. Dicho horizonte se hace presente en los textos y para no cometer el error de la Ilustración, a partir del cual se niega lo heredado por ser antiguo, debemos abrazar la tradición, no desde una lectura dogmática y conservadora, sino como una fuente de saber. A partir de un juicio racional pero no compulsivo. Así, en el lenguaje del Jazz aparece un horizonte histórico a partir del cual se hacen visibles las huellas de cada uno de los músicos que lo han transitado. En cada solo observamos las huellas de sus antecesores, los licks –pequeños motivos melódicos- adquiridos mediante el estudio y la escucha atenta de los grandes.
El lenguaje del jazz se encuentra en permanente transformación, en un avance en el marco de una tradición histórica que cada generación de músicos resignifica. Tradición con la que se dialoga, siempre en la búsqueda de una instancia superadora de ambos; el pasado –manifiesto en las partituras- y el presente –manifiesto en la improvisación. La tensión entre texto –en este caso la partitura- y presente, de la que nos habla el filósofo, no deja de existir, pero siguiendo su enseñanza, no se oculta ni disimula, sino que se desarrolla de manera consciente.
La historia del Jazz está marcada por constantes quiebres que llevaron del swing al be-bop, de éste al cool y así consecutivamente. En cada uno de ellos se reconoce un hilo conductor, una tradición a la que simultáneamente se la quebranta y se la reconoce. Todos los grandes hitos del género se han considerado deudores de aquellos que les precedieron; Parker lo hará con Lester Young como todos los posteriores lo reconocerán como un gran maestro. Del mismo modo en el que reescribía las viejas armonías del swing dando a luz nuevas canciones, cada vez que se interpreta un standard, se lo resignifica en el cénit del jazz: la improvisación.
En la improvisación se hace patente que, como dice Fischerman, en toda interpretación cada solo habla de sí mismo. Pero nada sería posible si esto no se produjese apoyándose en una estructura flexible y tomada de la historia, de la tradición. En el vértigo de los acordes, que pasan como vemos las casas desde un tren, se entretejen melodías encima del tema original, melodías que pueden situarse en la cercanía o en la distancia absoluta de la armonía propuesta por el compositor -la alteridad de la composición, pero en donde los dos están presentes, ambos se conjugan en esa instancia superadora de la que hablábamos anteriormente. Se recorre el círculo hermenéutico, según el cual existe una interdependencia interpretativa entre la parte y el todo.
Por más rupturista que su música sea, no existe un improvisador cuya obra no conozca raíces tradicionales. Del mismo modo, no existe una obra rígida o impermeable cuya únicas posibilidades sean la contemplación y la reproducción mecánica. Lo mismo que dice Gadamer en referencia a los textos: no hay posibilidad real de realizar meras reproducciones. En el jazz es sumamente claro que toda lectura es una interpretación, un ejercicio esencialmente productivo. Esta generalidad superior, que se lograría entre el sujeto y la cosa en sí -la música, solo es posible mediante dos presupuestos esencialmente gadamerianos: En primer lugar, escuchar el texto, estar abierto hacia aquello que la obra está diciendo para así poder interpretar el sentido que mejor cabe darle a la interpretación de la misma. Segundo, saber entender la distancia que nos separa de la génesis de la idea como una posibilidad y no como una dificultad. Este lapso nos permite, a partir de las diferentes interpretaciones que se han ido haciendo de la partitura, ir depurándola de búsquedas que no conduzcan hacia la esencia de la canción, entendiendo por esto aquello que acorde al juicio musical de cada uno, la obra nos está queriendo transmitir.
Hoy en día es muy visible esta reconciliación entre vanguardia y tradición ya que, si bien en un contexto rítmico y armónico mucho más flexible, existe toda una relectura de las viejas canciones, al punto de que la gran mayoría de los discos y repertorios en vivo las incluyen. El jazz contemporáneo, el más gadameriano de toda la familia, realiza una constante relectura de los clásicos, pero no de una manera imitativa sino mediante interpretaciones en donde se honra la máxima hermenéutica de un encuentro creativo con la tradición. En dicho encuentro se dialoga, naciendo de esto una constante ampliación cualitativa de la música.
Las distintas interpretaciones de una misma obra inauguran nuevas perspectivas de enfoque hacia la misma, para constituirse en nuevas tradiciones que dialoguen con los músicos de mañana, siempre girando en la comunión de los tiempos.
> Fischerman, Diego, Efecto Beethoven. Complejidad y valor en la música de tradición popular, Buenos Aires, Paidós, 2004.
> Gadamer, Hans-Georg, Verdad y método. Fundamentos de una Hermenéutica filosófica, Salamanca, Sígueme, 1991.
> Ricoeur, Paul, Freud: una interpretación de la cultura, Buenos Aires, Siglo XXI, 1978.
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