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edición número 20 {Revoluciones}  
Sobre sacerdotes, publicistas y policías del conocimiento científico
Por Gabriela D'Odorico
Está en la naturaleza de todo adelanto el que parezca mucho mayor de lo que realmente es Ludwig Wittgenstein, Investigaciones lógicas
 
La reciente aparición editorial de El siglo ausente: manifiesto sobre la enseñanza de la ciencia de Eduardo Wolovelsky, debiera ser doblemente celebrada. En primer lugar porque inaugura un espacio en el que se expresa la decisión política de reflexionar sobre la comunicación pública de la ciencia. Wolovelsky es un biólogo comprometido y preocupado desde hace años por la enseñanza y la divulgación de la ciencia. Su intervención política a través de la palabra es realmente inédita pese a lo urgente y necesario de esa tarea. Claro que la conciencia de esa imperiosa reflexión se vuelve ostensible después del encuentro con un libro novedoso e impredecible como El siglo ausente, en el que las palabras recuperan la densidad y el peso de su significado. Este es el segundo motivo de celebración: vernos en el desafío de hacer una experiencia política de la lectura en la que, como dice Ivonne Bordelois, “la palabra sola no puede salvarnos pero no nos podemos salvar sin la palabra”. 1 La contundencia y la claridad con las que se discuten los procesos de producción, de acreditación y de difusión del conocimiento científico descubre el carácter perentorio de una crítica que rebase meras cuestiones de estrategia pedagógicas o didácticas. El modo reiterativo y dominante de difundir conocimiento científico, verificable en programas de divulgación y en textos escolares:


lejos de promover  una valoración de la racionalidad de la ciencia, obligan a un acto dogmático de fe sobre una comunidad de expertos y como todo acto dogmático implica un ejercicio de poder sostenido en un relato mítico, que exige “olvidos” históricos y narraciones heroicas. 2


Un diagnóstico semejante revela el enorme esfuerzo anunciado en el título, en el que la inflexión gramatical expresa un quiebre, una discontinuidad respecto de los modos habituales de tratar la comunicación sobre la ciencia. La fractura enunciativa anticipa un doble proceso en paralelo que produce el texto, tanto la crítica de-constructiva como la reconstrucción a partir de una apuesta política.


El proceso de-constructivo se señala en el carácter ausente del siglo XX. Con un trabajo preciso, de escalpelo se desmontan fábulas y rituales científicos que veneran la sobreabundante producción tecnocientífica, el progreso indefinido y la ilimitada capacidad de corregir accidentes indeseados originados en el “mal uso” de los avances. Este relato oficial de la “ciencia martillo” que apela a los buenos o malos usos de la profusión tecnocientífica, esconde de un modo sistemático las condiciones históricas de producción que dieron lugar a la aplastante ideología del progreso. El siglo ausente la interpela de un modo radical y denuncia grandes omisiones como el Proyecto Manhatan que permitió la construcción de las bombas arrojadas en Hiroshima y Nagasaki, o como el caso del científico judío Fritz Haber quien obtuvo sustancias plaguicidas posteriormente utilizada en los campos de exterminio contra sus propios familiares y amigos.


El proceso reconstructivo hace de este libro un manifiesto político sobre las condiciones de posibilidad de una comunicación pública sobre la ciencia. Wolovelsky perfora con sus críticas la ideología negadora de la historia que acompaña la producción científica reciente. La necesidad de desnaturalizar el modo de difundir, impartir o expandir el conocimiento se vuelve rápidamente evidente. La tecnociencia, es una práctica enraizada en un tiempo histórico y producto de múltiples luchas sociales, políticas y económicas. Nada más alejado del ideal de “el saber por el saber mismo”.


En el doble movimiento (de-constructivo y reconstructivo) Wolovelsky logra con éxito encontrar en lo “ausente” del siglo la potencia generadora de un manifiesto que se obstina en la igualdad de acceso al saber y en la autonomía de los hombres.


Un siglo marcado por la “ausencia”
El siglo XX es caracterizado por la opulencia del consumo, la abundante producción económica y el desarrollo científico-tecnológico sin precedentes. Es tanta la diversificación y especialización que los profesionales “expertos” en cada campo son una necesidad. Los saberes se vuelven cada vez menos accesibles para la sociedad, la que debe limitarse a depositar su fiabilidad en el funcionamiento de esos sistemas de expertos. 3 Ser experto supone tal soledad y aislamiento y, a la vez, tal privilegio de acceso a la verdad que su figura es clave en las decisiones políticas más importantes. Wolovelsky denuncia el deslizamiento que se produce desde el expertizaje hacia asuntos que conciernen a la gobernabilidad y, en última instancia, a la existencia de la vida humana. ¿Por qué las cuestiones políticas o morales deben quedar en manos de los expertos de la ciencia? desafía el autor.


El experto se convierte en el traductor de una lengua extraña al habla cotidiana, reclama la credibilidad para volverlo comprensible y se sitúa en el límite de las posibilidades reales de una racionalización. Paradójicamente la ciencia difundida por los expertos se parece cada vez más al pensamiento mágico o religioso y recurre a la fascinación y a la seducción como recursos que tanto abomina. Esa fascinación encubridora es el raro fetichismo, similar al de la mercancía que denunciaba Marx en El Capital. La fascinación por la novedad y el progreso desconectan los resultados respecto de los procesos históricos que los gestaron. Por eso Wolovelsky desarrolla ciertas figuras antropológicas e históricas para caracterizar los modos habituales de difundir el conocimiento científico, ejemplificados en la historia reciente. ¿Es posible la comunicación científica sin esas figuras, con ellas o a pesar de ellas? 


La primera figura, el sacerdote o evangelizador, es el científico que adopta una visión religiosa y se comprende como poseedor de una verdad revelada y reveladora para todos. El poder de la ciencia resulta salvífico porque contribuye a la mejora y al bien de la humanidad. Esta figura remite por lo menos al Siglo de las Luces, momento en el que se tenía la esperanza de iluminar la oscuridad religiosa. Kant escribe en 1766 Sueños de un visionario aclarados por sueños de metafísica, opúsculo dedicado al vidente sueco Emmanuel Swedenbog, autor de los Arcana caelestia. 4 Allí Swedenborg  habla del “más allá”, de sus visitas a los muertos y de sus conversaciones con criaturas celestes del mismo modo con el que describía el mundo de los objetos. Swedenborg había sido un reconocido científico (astrónomo, matemático, fisiólogo, geólogo, entro otras cosas) hasta los 56 años, momento a partir del que, en un continuo descriptivo, habló y escribió casi exclusivamente del “otro mundo”. ¿Se había vuelto loco o era un verdadero visionario? Kant advertía sobre semejante aristocracia del conocimiento y sus consiguientes efectos políticos. Por eso se empeñaba en mostrar que el cambio en la conducta de Swedenborg, a la vez, tenía la fertilidad de explicar el pasaje de una democracia racional a una aristocracia de la videncia. La pregunta persiste ¿quién es el actual científico el racionalista dentro de sus límites iluminados o el visionario de las luces del más allá?


La segunda figura, la del publicista, es la del que vende ciencia a posibles consumidores usando su simpatía para divertir con sus textos. Convence de que la ciencia es fácil sin importarle en caer en la producción de escritos mediocres, falsear o exagerar con tal de satisfacer la curiosidad por la novedad. Su “nicho de mercado” es el de los alumnos y docentes, especialmente, de escuela media. Puede llegar a recurrir a recomendaciones que adoptan el formato utilizado por los medios de comunicación como cuando dedica sus libros, por ejemplo, a padres y maestros “en aprietos”. El resultado es un acto demagógico, mentiroso y de estafa al lector. Presupone una relación desigualitaria respecto de la comprensión cuando se ocupa de alivianar y atraer la atención por cuestiones que, de no ser por él, serían de dificultad extrema. Nos recuerda a la crítica de Wittgenstein, cuando en 1930 en su Conferencia sobre ética interpretaba la “divulgación científica” de la época como hacer creer que entienden algo que realmente no entienden y satisfacer así uno de los más bajos deseos de la gente moderna, la curiosidad superficial acerca de los últimos descubrimientos de la ciencia. 5


Porque si hay una obsesión del publicista de la ciencia es remarcar y anteponer el adelanto y la novedad por la novedad misma. Wolovelsky niega, al unísono con Stephen Gould, que los textos de divulgación sean versiones degradadas o malas traducciones del conocimiento académico. Al contrario, y lejos de apelar a las reacciones espontáneas del público de lectores, estos trabajos son equiparables a cualquier producción científica. Si bien la apelación a lo espontáneo que hace el publicista puede ser un punto de partida, el conocimiento en cualquiera de sus manifestaciones filosófica, artística o científica requiere de la mediación de un trabajo. En lo espontáneo es donde aparece, irremediablemente, el orden estatuido que nos habita, que habla, elige y piensa por nosotros. La dificultad de asumir una idea propia, contra lo que espontáneamente nos habita o nos habla, es la misma dificultad que supone hacerse libre o autónomo. Es mentira que la ciencia, la filosofía o el arte sean fáciles y espontáneos así como es mentira que sea fácil hacerse libre.


La tercera figura, la del guardián o policía de la excelencia, es la de la anulación de toda posibilidad crítica o reflexiva. Munido de su arma fundamental que es la evaluación la aplica a todo lo que se encuentra a su paso, proyectos, programas, docentes y alumnos. Para hacerlo cuenta con un buen criterio fijo, cristalizado y universal de lo que debe y no debe ser científico. La relación entre el conocimiento y la escuela es representada por la total extranjería. Con ella fortalece el academicismo científico y lo trata como una cuestión territorial en la que se busca la “pureza de la ciencia” como si se tratara de un problema racial. Reproduce así, al interior de la comunicación sobre el conocimiento, las formas más autoritarias instaladas en las relaciones sociales.
Un manifiesto sobre la enseñanza de la ciencia
El sacerdote, el publicista y el policía, aluden a las  metáforas de una Iglesia, un Mercado y una Fuerza Públicacomo instituciones de una única forma de gobierno vigente: la Tecnocracia. Este sistema supone relaciones desigualitarias respecto del saber como condición de posibilidad para impartir o transmitir saberes. Wolovelsky no sólo denuncia la tecnocracia sino que emprende su tarea constructiva por medio de un manifiesto, herramienta con la quehace público algo que es de interés y responsabilidad general. Así tiene el coraje de recuperar para nuestro lenguaje la palabra manifiesto, desechada por obsoleta desde la lógica que impone la opulencia del consumo. Este manifiesto está animado por la convicción de que el uso público del conocimiento científico no es neutro y supone responsabilidades. Bastan algunos ejemplos.
  • Enseñar ciencia es “un caminar juntos” en el que los saberes se comparten y no se imparten, tal como lo propone Gould.
  • Es prioritario romper la identidad entre producción científica y realización del bien. Se trata de abandonar cualquier impulso moral en relación al saber, aun cuando se lo considere auténtico. La ciencia no puede juzgar moralmente o políticamente. Sólo la ley de los hombres puede ocuparse de eso. Los hombres no son genes, son seres libres que deciden sus normas y tienen responsabilidades por acatarlas o violarlas.
  • La divulgación científica es un género literario capaz de sumergir en preocupaciones actuales que comparte toda la humanidad. Así vivifica y recrea el lazo con la comunidad, descubre y saca del olvido el hecho de que la escritura científica es un producto histórico, un ejército de metáforas consideradas “verdades” que van a describir lo real como ya lo anticipara Nietzsche en el siglo XIX. 6 La ciencia del siglo XX, agrega Wolovelsky, deja de dirigirse al gran público, es una escritura de profesionales para profesionales.
  • La enseñanza de la ciencia debe volverse histórica o contextual, entendiendo la historia como algo discontinuo, que no repite ciclos ni acumula del mismo modo que el capital en el mercado. Situarse en un presente historizado es pensar la sociedad como un todo en el que es posible intervenir políticamente. Hablar de ciencia es hablar de nuestra historia, de nuestros problemas  sociales y de nuestras decisiones políticas.
La experiencia política de la enseñanza 
Apostar a un manifiesto no supone caer en un relativismo, concepto al que, de todos modos, el autor no le teme. Menos aún al relativismo como construcción  ad hoc proveniente de algunos universalismos tecnocráticos como el del sacerdote, el publicista o el policía de la ciencia. El siglo ausente deja abierta la pregunta acerca de cómo pensar la ciencia siendo ésta una actividad convertida en una de las grandes fuerzas socioculturales en las que estamos sumergidos. Enseñar el pensamiento científico es transformar esta ausencia o vacío de la existencia en un verdadero manifiesto. El libro invita a hacer una experiencia práctica de esa transformación, resulta una verdadera operación práctico-política, que no deja que los lectores salgan ilesos.



1 Bordelois, I.: La palabra amenazada. Bs. As., El Zorzal, 2003

2 Wolovelsky, E: El siglo ausente: manifiesto sobre la enseñanza de la ciencia, Bs. As., El Zorzal, 2008, p.22

3 Giddens, A.: Consecuencias de la modernidad, Madrid, alianza, 1994, p. 20 y ss.

4 Emanuel Swedenborg (Estocolmo 1688 – Londres 1772)

5 Wittgenstein, L.: Conferencia sobre ética, Barcelona, Paidós, 1990, pp. 33-34

6 NIETZSCHE, F.: Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, Madrid, Técnos, 1996, p. 26 y ss.

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