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edición número 20 {Revoluciones}  
Una revolución en la propiedad privada y una ruptura con la política tradicional: Fábricas recuperadas, mercado y capitalismo
Por Víctor Malumián
Es el lápiz que separa lo legítimo de lo ilegítimo. El derecho a trazar el límite entre la coerción legítima (admisible) y la ilegítima (inadmisible) es el primer objetivo de toda lucha"
Zygmunt Bauman
 

Nadie en su sano juicio puede negar que la propiedad privada es el pilar de la sociedad capitalista. El hecho de adquirir un objeto, un pedazo de tierra o la fuerza de trabajo de un sujeto durante un tiempo determinado es una idea que está arraigada en la lógica de pensamiento social y resulta tan natural como eterna. La propiedad privada ordena las prácticas sociales, excluye, segrega y crea sistemas de pertenencia. Excluye porque delimita por dónde se puede circular, segrega porque en nombre de la seguridad crea pequeños espacios de control para diferenciar un sector social de otro. También instruye una forma de entender el mundo, a través de lo que se posee se cuadran los conceptos morales. Es fácil condenar las acciones de aquellos que no poseen cuando la moral y las costumbres la dictan quienes nadan en la opulencia.


Es entendible por qué la propiedad privada pareciera infinita en su devenir histórico, con el comienzo de la agricultura se planteó la necesidad de asegurarle a quien siembra que pueda disfrutar de los beneficios de la cosecha. Pero las leyes no beneficiaron necesariamente a quien cultivaba la tierra sino a quien la poseía, rompiendo con la idea primigenia. 


En los tiempos feudales se reducía a ciertos hombres a meros objetos y por ende, al ser cosificados, no tenían la capacidad de poseer. Cuando un siervo fallecía todas sus propiedades eran heredadas por el Señor Feudal y no por la viuda o hijos del difunto. Las distintas decapitaciones y levantamientos lograron cambiar este sistema hacia el progreso pero no hacia la revolución de su pensamiento. La diferencia podría parecer menor pero en la revolución se rompe con una situación, las ideas que conlleva y todo un paradigma social, en cambio, en el progreso sólo se la mejora manteniendo los pilares conceptuales que apuntalan las decisiones de peso. La propiedad privada no fue abolida, simplemente se logró libertar a los siervos y brindarle al lego la posibilidad de poseer.


Proudhon estaba convencido: El problema de la desigualdad radica en la posesión de objetos que no son, en esencia ni por derecho, de nadie. La propiedad tiene su respaldo en un pacto social. Una hectárea de tierra tiene su último respaldo en la violencia estatal, en la capacidad del Estado moderno de imponer mediante toda su maquinaria el poder simbólico y físico para asegurar que un sujeto sea el propietario de un sector de tierra. Ya no es sólo la persona que posee una escritura, ni el escribano que la valida, ni quien realizó el contacto entre las contrapartes, sino un sistema de creencias en el cual se basa toda la transacción. La tierra se vende por dos razones: hay alguien que la paga y alguien que tiene el poder de venderla, lo cual implica que ambos confían en un sistema de creencias que los supera y que su garantía última excede ampliamente su capacidad comprobación.


Marx, también observa que la desigualdad se apoya en el sistema de propiedad privada, pero hace hincapié en los medios de producción, dividiendo a la sociedad entre aquellos que los ostentan y los individuos que quedan relegados a vender su tiempo/mano de obra para poder comprar su subsistencia. La pregunta es por las posibilidades reales que le restan a quien confía en el pacto de credibilidad que le propone/obliga el Estado y cuando intenta vender su mano de obra no encuentra quien lo emplee. ¿Qué sucedería si la tierra, los inmuebles y las máquinas fueran de quienes los trabajan? Si se eliminaran los grandes latifundios de tierra improductiva y fueran subdivididos entre las familias que no poseen ni trabajo ni hogar, sustentados en un plan de subsidios para adquirir los materiales necesarios para trabajar la tierra.


El derecho a la propiedad privada fue calificado como natural por más de un pensador y ha sido el sustento de la clase media burguesa para diferenciarse del populacho. Es en el pacto social que se apoya la posibilidad de sostener este sistema. En el momento que el pacto se resquebraja, que una de las partes no cumple su promesa se forma una brecha por donde debe, necesariamente, filtrarse una solución.


Las fábricas recuperadas rompen ese paradigma y no sólo lo destruyen sino que plantean un paradigma de pensamiento paralelo. Por un lado, golpean en la parte más sensible del capitalismo: la propiedad privada; por otra parte basan su éxito en su otro gran pilar: el mercado. Las fábricas recuperadas tienen éxito por una sencilla razón, ofrecen un producto de mayor calidad a igual precio o de igual calidad a menor precio que sus competidores en un mercado que no distingue quien produce sino cómo es comercializado. Promocionan un pensamiento basado en cooperativas, donde las más antiguas le facilitan el camino a las emergentes prestándoles materiales y asesorándolas.


El análisis sobre el fenómeno de las fábricas recuperadas no puede ser aislado de su contexto. Bajo diferentes circunstancias nunca hubiera sido posible, tan determinante se torna la situación socio política que fluctuó su intensidad al aminorar las presiones socio-económicas que lo hicieron implosionar. Un país en el que fue desarticulada la industria de forma sistemática desde la década del setenta hasta bien entrado el 2004 arrojó literalmente a la calle a cientos de obreros. El mismo Estado defacto anunciaba por tv las ventajas de abrir el mercado y comparar los productos nacionales frente a los importados. La industria nacional, caracterizada por su falta de inversión y un planeamiento cortoplacista, se enfrentó a un mercado abarrotado de productos extranjeros a la mitad de costo gracias a los subsidios de sus países de origen. A esta variable se sumó la alta rentabilidad que proponía el mercado cambiario en detrimento de los avatares que sufría el capital destinado a la inversión. Los empresarios no tardaron en comprender que la relación inversión/lucro tenía su mejor desempeño en la bolsa de valores.


El gran cierre de empresas tiene su pico bajo el paraguas de la paridad con el dólar de la moneda local, lo cual acrecienta la imposibilidad de competir tanto en los mercados locales como en los internacionales. En contraposición, el gran auge de empresas recuperadas se detecta con el establecimiento de la ruptura cambiaria, donde la relación con el dólar le asigna una ventaja cambiaria a los productos nacionales en los mercados internacionales.


Ante un fenómeno que socaba las bases más profundas de la sociedad contemporánea, sería esperable contar con una gran masa de personas enfrentadas. Sin embargo, las fábricas recuperadas logran el consenso de la clase media a pesar del trato de los medios masivos. Existen diversas explicaciones para esta recepción, por un lado la clase media cansada del rol del discurso en la política partidaria vislumbró en los obreros el polo opuesto, un grupo que no levanta pancartas partidarias y que produce un cambio irreductible. Un cambio tan potente como real, ante el cierre de las fábricas las reabre y las pone a trabajar.


La misma clase media es partícipe del movimiento de forma directa e indirecta, tanto porque algunos de sus integrantes son quienes efectivamente recuperan las fábricas como en su apoyo mediante comida y abrigo a los trabajadores que tomaban las fábricas y no poseían fondo de huelga. Son conocidas las ayudas de las asambleas barriales a cada intento de desalojo por parte de las fuerzas policiales.


Otro de los encantos es la lógica asistemática donde cada fábrica se auto-gestiona pero a su vez existen movimientos que intentan aglutinarlas y funcionan a modo de consejeros legales y no como sistema partidario de dirección ideológica. No todos los sectores de la clase media entienden de la misma manera el fenómeno, algunos los comparan con los sujetos que usurpan casas, o con los piqueteros. Este discurso no es ajeno a los obreros y cuando tienen un micrófono delante no pierden la posibilidad de diferenciarse, explicando o bien que a ellos la empresa les debe plata por ende no es la misma situación que en una casa tomada o que son diferentes a los piqueteros porque ellos quieren abrir la fábrica para trabajarla. 


Más allá de observar una fisura en el imaginario social de la clase media por donde se filtra la posibilidad de expropiar, tampoco se debe caer en el error de pensar que las fábricas recuperadas son el producto de una concientización sobre los problemas que acarrea el sistema capitalista, ni muchos menos la influencia partidaria de la izquierda en todas sus vertientes. Todos los casos registrados de fábricas recuperadas comienzan con la cesación de pagos por parte de la patronal, en casos que llegan hasta los dos años, con pagos intermedios a modo de paliativos para poder concurrir al trabajo.


Así como en la totalidad de los casos hasta el 2004 la toma del inmueble comienza con la finalidad de presionar por el pago de los haberes adeudados y no con la intención de recuperar la fábrica. También, es fácilmente observable en los casos de mayor incidencia mediática que un porcentaje mayoritario de los obreros hubiera abandonado la medida de fuerza si en las instancias de negociación el patrón hubiera propuesto un plan de pago. Otra variable de peso es el nivel de calificación de los obreros, su edad y su antigüedad en la empresa. A mayor edad menor capacidad de reinserción laboral, por ende mayor tendencia a intentar mantener viva la fuente de trabajo. Muestran una intención cooperativa, un retorno del cuerpo en la política, a la militancia ideológica en el más esencial de sus sentidos, en la defensa de sus valores que no necesariamente coinciden con los partidarios.


Porque estar en contra no significa querer cambiar, a veces estar en contra es simplemente funcional al sistema que se ataca. Las fábricas recuperadas revolucionan algunos de los valores más extendidos y fundamentales de la sociedad capitalista contemporánea, la propiedad privada, la desidia, la falta de compromiso y la incapacidad para defender lo que se juzga justo.

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