Moul se paró, acomodó su ropa y tocó el timbre. Desde el fondo una mujer lo miró con curiosidad y le comentó algo a su compañera de viaje. Estaba incómodo. El colectivo se detuvo y él bajó con lentitud (cuidaba cada detalle al caminar). Cuando el vehículo se movió, sintió cómo aquella dama lo observaba hasta perderse entre los autos.
La baldosa gris quemaba sus pies. Un hombre con un carro a cuestas pasó apresurado en su dirección. Moul se asustó y bajo del cordón a la calle. Una moto a toda velocidad hizo una maniobra rápida para no tocarlo, lo insultó. A su alrededor edificios altos, bocinas y gritos abrumadores.
Miraba hacia todos lados y solo veía cuerpos, manchas apremiadas por llegar a destino. Una señora le golpeó la cabeza al colgar su cartera. La oreja cayó al suelo. Moul tuvo miedo, pero nadie lo notó. Se agachó tembloroso para tomarla. Un niño trastabilló con su pie y el dedo pequeño se desprendió. La gente lo golpeaba al pasar. Su cuerpo se desprendía, tacos altos y pasos firmes trituraban los restos. Moul intentó tomar los dedos de su pie, pero una anciana los pateó. Ella caminó y éstos se pegaron a su sandalia. Tocó la suela y sintió la carne cálida. Acercó el dedo y lo miró con intriga. Gritó la desgracia de Moul mientras lo señalaba con el dedo que no le pertenecía.
La gente arremetió contra él. Moul trató de escapar, tironeaba con fuerza pero cada golpe era una parte perdida. Gritó desde el alma mientras su boca sangraba. Una mano le arrancó la lengua. Los niños competían por los dientes que caían. La multitud se alejaba con la carne en sus manos.
Lo que quedó fue barrido hacia la zanja de donde comieron por la noche dos perros callejeros. |