Los partidos armados en la vida política argentina
“una vez que se toman las armas es muy difícil abandonarlas porque el poder que ellas otorgan –sea real o imaginario- distorsiona la mirada política” 1
El interés de este artículo radica en la posibilidad abierta a partir de un tiempo histórico, es decir, a partir de un presente que reclama, si bien con cierta cautela, prestar atención a una de las experiencias políticas más complejas de la historia argentina: el surgimiento de los partidos armados; con el fin de seguir avanzando en la construcción de un mejor relato de los años ’70. Pero también con la clara intención de observar la dinámica y compleja configuración que han tenido los veinticinco años de democracia en cuanto a sus enunciaciones discursivas y entonces, a sus construcciones políticas.
Durante muchos años —en parte por razones comprensiblemente políticas y estratégicas y en parte por razones del orden de la memoria— las certezas sobre los hechos, desde uno u otro lado de la discuta por el discurso, han clausurado la posibilidad de análisis sobre aquel sueño revolucionario de una generación no dando lugar a la crítica correspondiente. Es necesario trabajar sobre el relato y reconocer en él a sus actores, quienes necesitan hacerse a un lado de la pasividad victimizante y construir su experiencia. Recuperarla, para recobrarla. Decirse guerrilleros que tomaron las armas con un fin: hacer la revolución. Y en ese decir(se) darle lugar y tiempo a los años previos a 1973. Al rosariazo, al cordobazo, a Trelew, a José León Suárez, a la resistencia. A la libertadora. Y a todo el amplio espectro internacional que compartía los signos del comienzo de una nueva era. Verse —entonces— empezar a ser, desde donde eran. Traer la figura del combatiente pero no encuadrarla únicamente bajo las condiciones del momento revolucionario donde se estaba ante la revolución y se castigaba todo tipo de vacilación. Sino, empezar a comprender por qué ese momento reclamaba las armas y entonces poder ver también si requería de la rigurosa militarización del movimiento.
Ese ver a guerrilleros de tiempo completo convertidos en revolucionarios profesionales dedicados plenamente a la revolución. “El militante rentado tenía una condición privilegiada que con el tiempo se convertía en su modus vivendi, en un estilo de vida del que le resultaba difícil apartarse”.2 La guerrilla recurrió a un orden rigurosamente cerrado: en reuniones se utilizaba uniforme militar, reproduciendo una identidad que le correspondía al enemigo. Suerte de caricatura de ejércitos convencionales que creaba himnos militares, uniformes, dictaba bandos y organizaba desfiles.
Decíamos de la necesidad de recuperar los roles históricos y revisar las conductas y las decisiones para asumirse como sujetos políticos y no tan solo como objetos de una sangrienta represión. Porque de otra forma se pierde el contexto de esa represión y entonces lo que se oculta es el sentido que el capitalismo encontró a nivel planetario para desplegar semejante aniquilación y sobre todo, para tener éxito.
Juan Carlos Marín reflexiona al respecto: “¿Quién tiene la responsabilidad de los 30 mil muertos? Primero el que mata, no me vengan con la teoría de que los provocaron. La cosa para mí más importante es que no es difícil demostrar la disparidad brutal de 30 mil muertos y los mil muertos del otro lado. Que mil justifiquen 30 mil muertos es complejo. Con lo cual, lo primero que salta a la vista es que los de este lado mataban poco. Una de las razones de que mataran poco es porque las convicciones políticas de su lucha no hacen presente el tema de la matanza”3
Traer la discusión acerca del surgimiento y el accionar de los partidos armados en la Argentina es empezar a erradicar impresiones dicotómicas que se reservan en última instancia a la teoría de los dos demonios. Desde ahí que lo que importa no solo es desterrarla definitivamente sino comprender por qué perdura y opera. En definitiva, toda la voz de esta teoría así como su negación pasiva han pasado a ser su propio sustento; esto es: el relato ha estado construido con las categorías del enemigo y bajo su autoridad; o con los silencios pasivos y victimizados de sus protagonistas.
“El clima de opresión política y represión cultural fue el detonante que decidió a los que todavía dudaban en tomar las armas. Profesionales, estudiantes, sindicalistas, trabajadores, se lanzaron a protagonizar la historia tal como lo habían hecho revolucionarios de otras naciones (...) Con una tenacidad arrolladora, antiguos militantes y jóvenes recién incorporados a la vida política, se embarcaron en un proyecto que aspiraba a transformar la civilización capitalista y occidental”4 .
El triunfo de Perón en el año 1973 con el 62% de los votos, produjo una fractura entre la guerrilla y la sociedad civil. Esto, porque las organizaciones armadas independientemente de sus banderas no creían en la democracia en el sentido pretendido por la apertura institucional. Nos interesa —para luego volver a 1973— retrotraernos algunos años con el fin de buscar brevemente algunas de las claves explicativas de este descrédito.
De la Revolución Libertadora a Monte Chingolo
En junio de 1955 se sucede el bombardeo a la Plaza de Mayo: el principio del fin de diez a ños de peronismo, la implacable demostración de que las fuerzas armadas no iban a reparar en matar civiles fuera de combate; y luego, en menos de tres meses, el golpe que definitivamente da lugar a los 17 años de proscripción del peronismo. El programa de la Libertadora expulsaba a los obreros de las ciudades burguesas y conciliaba los intereses del resto contra el proletariado. La gente entonces, empieza a reagruparse inorgánicamente fuera de la fábrica: el barrio, la casa, constituyen nuevos refugios y el surgimiento de un nuevo tipo de militante, un activista ilegal y clandestino. La Libertadora proscribió al peronismo generando desde los márgenes y suburbios, y al fragor de la clandestinidad, la resistencia peronista5.
Ya en 1954, de veinte estados latinoamericanos, trece estaban gobernados por militares. La estabilidad republicana y democrática era, de tanto en tanto, no mucho más que un instrumento a mano de las necesidades del desarrollo capitalista. El ejército aparece en este contexto como garante del orden económico y social; su misión que tiene un alcance internacional, se inscribe en el mundo de la Guerra Fría y de la Doctrina de Seguridad Nacional, que en nuestro país se va a traducir en anticomunismo y en antiperonismo.
Latinoamerica estallaba en revueltas populares y alzamientos armados: principalmente será la Revolución Cubana la que dará sentido a todo sueño revolucionario y ratificaría decididamente el rumbo político. En México Lucio Cabañas se interna en el monte; en Guatemala Yon Sosa; en Colombia Fabio Vázquez Castaño al frente del eln y Manuel Marulanda Vélez Tirofijo viejo dirigente de las farc; en Ecuador grupos de orientación maoísta ocupan tierras junto a campesinos; en Perú el ex miembros del apra Luis de la Puente Uceda inicia su guerrilla rural; en Bolivia el eln; en Chile comienza a actuar el mir; en Brasil Marighela crea su grupo armado y el oficial del Ejército Lamarca inicia la guerrilla. Paraguay enfrenta desde las armas, sobre todo el pc, la dictadura de Stroesner. Y en Uruguay surgen los Tupamaros. Movimientos semejantes nacen en Ecuador, República Dominicana, entre tros; y al mismo tiempo, en Estados Unidos irrumpe el Black Power. Argelia, Vietnam, la revolución cultural china, inscriptos en un mismo ideal.
De cara a este proceso que evidenciaba el peligro comunista, los Estados Unidos desembolsarían veinte mil millones de dólares amparándose en las malas condiciones de vida de la población (visión enmarcada en la Alianza para el Progreso).
Inmediatamente Cuba no aceptaría el ofrecimiento considerando que representaba una “clara contrarrevolución”, con ideas reformistas que nada modificaban las reales necesidades.
Es necesario ver que la diferencia central hasta 1959 era que en la Argentina y en gran parte de Latinoamérica, los partidos de izquierda, tanto el ps como el pc, formaban parte de una constelación liberal–democrática, bajo la premisa de la revolución democrática burguesa. La vía pacífica al socialismo había adquirido en el contexto del movimiento comunista internacional, el rango de precepto. Sin embargo, el clima político y cultural de los años ‘60 hacía pensar que la revolución venía asomando. En el marco de la reunión de la IV Internacional, de la cual el prt argentino participa, se reconoce la inexorabilidad de la lucha armada. Para este entonces todo un dato que organiza e identifica al campo popular. La lectura antes del ‘69 era la de una situación prerrevolucionaria: era preciso crear el partido de vanguardia armado con carácter de urgente. Incluso, al interior de la Iglesia Católica el surgimiento de nuevas corrientes daban cuenta de este clima: el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo en 1967, en la Conferencia de Medellín proclamaría la legítima violencia de los oprimidos.
Pensamiento y acción: el cordobazo
Los obreros cordobeses, además de ser productiva y geográficamente concentrados eran altamente calificados y contaban con una tradición política que no era específicamente peronista. Este era un signo novedoso que coexistía con la participación de sectores medios castigados por la crisis, y con estudiantes, sobretodo de carreras técnicas.
Muchos autores como Touraine o Marcuse han analizado, ante los episodios del mayo francés, que el movimiento obrero había perdido su histórica centralidad en el proceso de lucha de clases, al punto de concluir que el nuevo actor pasaba a ser el movimiento estudiantil y la figura de la juventud, su contenido libertario; símbolos de una escena de clases más compleja. Lo que evidencia esta discusión es la necesidad de reactualizar los estudios sociopolíticos y poner en discusión la conformación de un nuevo sujeto que emerge con capacidades revolucionarias pero se presenta ante una escena que por su complejidad, requiere ser discutida. Ser discutida para descubrir la entidad de ese sujeto, y en ese sentido, del momento revolucionario.
El Cordobazo lograría jaquear al gobierno de Onganía al punto de derrotarlo políticamente y hacerlo retroceder. La dirigencia tradicional del movimiento obrero tomaría un nuevo rumbo. “Emergió un nuevo tipo de líder […] la nueva conducción era antes que nada profundamente antiburocrática: desconfiaba del poder de la cúspide, impulsaba el protagonismo de las bases” 6 La capacidad de enfrentamiento que habían acumulado los sectores populares, amenazaban el orden burgués y las propias fuerzas represivas del Estado. “Esa fuerza de masas armada moralmente, había puesto en duda el monopolio estatal de la fuerza material”7
En julio de 1970, las far presentan un comunicado que proclama “la necesidad de la lucha armada”, reivindicando al Che, al Rosariazo y al Cordobazo. En 1971, la revista Cristianismo y Revolución reproduce un reportaje a integrantes de Montoneros, far, fap y fal, donde se dice que “sólo la guerra del pueblo salvará al pueblo, y en guerra, el pueblo armado es invencible”8. En febrero de 1971, Montoneros diría que la guerra popular debe ser total, nacional y prolongada.
Llegado este punto, el año 1970 se presentaba con una rehabilitación del papel de los partidos políticos, la admisión del peronismo en el juego político legal y una próxima salida electoral. Pero, para ese entonces, el interminable recelo del poder del orden autoritario, el descontento social y los aires libertarios mundiales, habían puesto nuevos actores en escena: los partidos armados9.
Bajo estas premisas, la apertura electoral propuesta por Lanusse no tenía por qué distender las armas. Esto, no porque la asunción de Cámpora fuese poco significativa después del largo exilio peronista, sino porque no sólo eran las reglas del juego democrático las que se ponían en jaque al aparecer los partidos armados. La idea de democracia de los distintos actores sociales no estaba consensuada, aunque se pretendiera homogeneizarla; es decir, el andamiaje democrático que se pretendía recuperar, se adelantaba al momento de tensión para evitar que el grado de conflictividad sea irreversible. En ese adelanto, se pasaba por alto —intentando desarmar—justamente el momento de ese conflicto: el momento de la lucha armada.
Trelew, así como más tarde los hechos de Ezeiza estarían presentes en el imaginario de las organizaciones armadas como atributo amenazante y decisivo a la hora de orientar su acción política-militar. No podemos dejar de ver en Ezeiza ese indicador de que la “apertura democrática” no traía consigo la deposición de las armas ni la paz social. Esto quedaría formalizado en el ataque al comando de Sanidad a pocos días de la asunción de Campora. En este contexto, el ERP, junto al mir chileno, al eln boliviano y los tupamaros uruguayos crean la Junta de Coordinación Revolucionaria, una organización regional que hacía pensar realmente sobre las óptimas condiciones para llevar adelante una lucha armada en Latinoamérica.
Por su parte, la creación de grupos parapoliciales como la Triple A será el preludio de la feroz violencia ejercida desde el Estado que se profundizará con el golpe de 1976. El 5 de febrero de 1975, la entonces presidente de la Nación María Estela Martínez de Perón firmaba el decreto nº 261 que ordenaba al ejército “ejecutar las operaciones que sean necesarias a efectos de neutralizar y/o aniquilar el accionar de elementos subversivos que actúan en la provincia de Tucumán”. Esto significó en la práctica la instauración del terrorismo en manos del Estado y los principales grupos económicos, que se profundizaría con el golpe militar de 1976. El Operativo Independencia, (al mando del general Acdel Vilas primero, reemplazado por Domingo Antonio Bussi luego) dio comienzo al despliegue de un alto número de militares en el territorio de la más pequeña de las provincias argentinas mostrando la aplicación de la Doctrina de Seguridad Nacional con toda su virulencia.
A decir de Pilar Calveiro 10, acciones como las del ERP, muy lejos han estado de crear o acelerar contradicciones en las fuerzas de seguridad, sino que las han unificado a partir de la común necesidad de aniquilar a los grupos guerrilleros. La autora observa que el problema que atravesaba a las organizaciones revolucionarias, y sobretodo al ERP, estaba relacionado con una deficiencia en la dimensión política. En el caso del ERP, una vez este pasado a la clandestinidad profundizó inevitablemente la pérdida de contacto con las bases que alimentaban la dimensión política del movimiento. Es esa la instancia donde se hace hincapié fundamentalmente en la militarización del movimiento, la llamada desviación militarista. Cuando decimos la pérdida de contacto con las bases nos referimos a la manera de planificar una estrategia política que excede el accionar táctico para situarse en el análisis sobre los modos de definir la coyuntura en su conjunto; sobre los modos de entender las capacidades propias y las de un enemigo, que a priori requiere también ser definido pero por fuera de la lógica exclusivamente militar, para así comprender su verdadera capacidad de aniquilamiento.
Los hechos de Monte Chingolo 11 lo confirmarán definitivamente. Un asalto cantado y filtrado que irremediablemente mostró la ceguera de un movimiento que debía ir por el triunfo aunque este se tornase imposible. Más allá que esta acción se pueda pensar de unas cuantas maneras, es inevitable ver la subestimación al enemigo y la sobrestimación de la propia capacidad en el momento que se accionaba. El ERP se enfrentaba a profundas tensiones que revelaban la incomodidad con el momento histórico que se abría tras la apertura institucional. Se encontraba ante la dificultad de moverse políticamente: su formación no propiciaba una apertura al interior del movimiento que contemple una situación política legal y de carácter reformista.
Las consecuencias hasta nuestros días han sido muchas e importantes; por lo cual el recorrido que hemos intentado desplegar tuvo como objeto reinterpretarlas, resignificar las batallas que se han venido desatando en la coyuntura argentina y latinoamericana contemporánea, en lo que es la permanente reactualización del carácter capitalista de orden mundial. El objetivo de este artículo ha sido intentar comprender la formación de un proceso político-identitario sobre la dinámica capitalista y sus reordenamientos políticos, económicos y culturales. Por eso el recorrido planteado que se inicia en el ‘55 (fecha límite para reorganizar el período abierto comenzado los años ’30 y luego de la pos guerra y la irrupción del peronismo) y que marcaría el pulso hasta marzo de 1976. Un pulso que hasta nuestros días sigue presentando demasiados grises que siendo confusamente peligrosos hace falta conceptualizarlos. Como indicara Juan Carlos Marin: “Una cosa es usar al Estado para hacer terrorismo. Pero, construir el término conceptual “terrorismo de Estado” es salvar a toda la mierda que operó, ya que desaparece de la vista la sociedad civil, desaparece el gobierno, sólo queda el terrorismo de Estado. ¿Qué era el Estado? Parece una caja vacía o negra e insondable. Este proceso del desarme intelectual político y moral, por el marco conceptual que se está usando sigue haciendo daño. ¿Por qué? Porque sigue manteniendo una capacidad de vaciamiento de sentido muy grande en las confrontaciones políticas reales que se están produciendo”12 .
1 Sergio Bufano, La guerrilla argentina. El final de una épica impura, en Revista Lucha Armada nº 8, 2007.
3 “Diálogos con Juan Carlos Marín”, Página 12, 19 de enero de 2009. (las cursivas son mías)
4 Sergio Bufano, La guerrilla argentina. El final de una épica impura, en Revista Lucha Armada nº 8, 2007.
5 Alejandro Horowicz, Los cuatro peronismos, Edhasa, 2007.
7 Juan Carlos Marín, Los hechos armados, 2003, p. 72.
8 Anguita E. y Caparrós, M., La voluntad: historia de la militancia argentina, Planeta, 2006, p. 235.
9 Carlos Altamirano, bajo el signo de las masas, Ed. Ariel, 2001.
10 Pilar Calveiro, política y/o violencia, una aproximación a la guerrilla de los años 70, Ed. Norma, 2005.
11 El 23 de diciembre de 1975, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) intentaba copar sin éxito el depósito de arsenales de Monte Chingolo.
12 “Diálogos con Juan Carlos Marín”, Página 12, 19 de enero de 2009. (las cursivas son mías)
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