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edición número 4

La reforma universitaria de 1918. El pasado que hoy no sabemos mirar.

por Hernán López Winne

El estado actual de las cosas exige una visión crítica de la Universidad pública. Ochenta y siete años después de la Reforma , todos los principios rectores se han despedazado. Gobernados por el interés individual que antes de ponderar virtudes propias denuncia vicios ajenos, los partidos políticos "de izquierda" se cuentan por decenas y se atacan unos a otros. Las identificaciones políticas se cristalizan en agrupaciones que probablemente piensan en direcciones similares pero persiguen beneficios propios. Lejos del ideal reformista de homogeneidad, lo heterogéneo de los partidos políticos universitarios erosiona cada vez más un concepto que, hoy más que nunca, debe ser revisado: la política. Hay que tener en cuenta que "política" no es "política de partidos". Política es llevar adelante las ideas con pertinencia; política es perseguir un bien común, ejercer una verdadera representación. Y "hacer política" no es convencer a los demás para ganar las elecciones.

Para abordar el tema del movimiento universitario surgido a partir de la Reforma de 1918 es necesario acudir a la historia y resaltar algunos sucesos clave que permitirán mostrar por qué hubo una manifestación masiva universitaria que se reunió con el objeto claro de expresarse en contra de un sistema que lo único que hacía era obstaculizar el acceso a un pensamiento libre dentro de la universidad.

Inmigración, anarquismo y ley Sáenz Peña. Yrigoyen universitario.

El período que abarca los años 1869 y 1914 vio quintuplicarse a la población argentina. Los extranjeros, que contaban no más de 210.292 en 1869, sumaban 2.357.292 cuarenta y cinco años después: ocupaban el 30 % de la población total. Por otra parte, la mitad de la población era de sangre extranjera: hijos de inmigrantes que en gran cantidad habían accedido a la universidad. Este impacto inmigratorio trajo aparejado el posterior anarquismo, debido en gran parte al enojo europeo por los sueños no cumplidos, a esa utopía no cristalizada de "hacerse la América", que llevó a una bronca enraizada contra el Estado. Hay que recordar que el anarquismo fue duramente reprimido por la oligarquía de turno, al mando del triunvirato Juárez Celman-Pellegrini-Roca, y que vio con mucha desconfianza la sanción de la Ley Sáenz Peña de 1912, un supuesto triunfo del pueblo que desde el punto de vista anarquista consistía en una manera más de subyugarse al orden oficial.

El triunfo de Hipólito Yrigoyen en 1916, que dejó el saldo de la mayoría parlamentaria para los viejos conservadores, abrió el camino para el apoyo de la Reforma Universitaria. En un acto acomodaticio para despojar a los conservadores de un espacio tan importante como la Universidad , Yrigoyen adhirió al reclamo estudiantil y dio vía libre para cumplimentar los reclamos de un fortalecido movimiento universitario, que comenzó en Córdoba y se fue propagando hacia distintos rincones del país. Seducida por el éxito de la Revolución Rusa , la resistencia reaccionaria de los estudiantes se hizo sentir.

La juventud universitaria de Córdoba

El 21 de junio de 1918 apareció en Córdoba el Manifiesto liminar , redactado íntegramente por Deodoro Roca. "Las universidades han llegado a ser fiel reflejo de estas sociedades decadentes que se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil. (...) La Federación Universitaria de Córdoba se alza para luchar contra este régimen y (...) reclama un gobierno estrictamente democrático y sostiene que el demos universitario, la soberanía, el derecho a darse el gobierno propio radica principalmente en los estudiantes." En estas palabras del Manifiesto, queda clara la posición de la Universidad de Córdoba, que reacciona contra un orden que estaba impuesto en sus claustros desde hacía mucho tiempo: el clericalismo y la orientación dogmática religiosa. Es interesante citar un párrafo del Facundo de Sarmiento para entender por qué fue Córdoba la que puso en funcionamiento la reacción en cadena de las demás universidades: "La ciudad es un claustro encerrado entre barrancas; (...) cada manzana tiene un claustro de monjas o frailes; los colegios son claustros; toda la ciencia escolástica de la Edad Media es un claustro en que se encierra y parapeta la inteligencia, contra todo lo que salga del texto y el comentario".. En ese marco, la impronta de la Reforma Universitaria cobró fuerza en todo el país, y se propagó vertiginosamente hacia provincias como Santa Fe y Mendoza, entre otras.

Desde el discurso de Deodoro Roca, los ideales defendidos por los estudiantes partían de la base de que el germen de la mediocridad de la enseñanza y el aprendizaje estaba en el escolasticismo que impregnaba las aulas. Fue importante, en ese sentido, tener el apoyo de un gobierno que, como ya hemos dicho, no veía con malos ojos tener el apoyo estudiantil. De esta manera, el dogma de la Iglesia y la enseñanza religiosa fueron eliminados de la Universidad. En relación con esta cuestión, el movimiento reformista consideraba condición sine qua non para la asistencia a clase la libertad ideológica. Los estudiantes luchaban por esa independencia, una autonomía que se pretendía obtener al tiempo que se alcanzaba la autonomía de gobernación: la universidad con autoridades literalmente universitarias; profesores y alumnos, en la misma dirección y con los mismo propósitos. Por último, concepto generador del Manifiesto liminar , Deodoro Roca condenaba el apoliticismo del estudiante universitario. Ese "monstruo" no es más que una ideología, aquella pregonada, por ejemplo, por la Iglesia y grupos de ultraderecha a través de la contrarreforma de los años 50, en conjunción con el gobierno peronista. Esa búsqueda de despolitizar para dar una falsa imagen de apoliticismo fue el bastión estratégico que permitió al gobierno peronista, y sobre todo a Perón, doblegar cualquier intento de cambio, tanto en el plano social como en el militar interno. Como observa Peter Waldmann, Perón se propuso desde el inicio eliminar todo espíritu político en el ejército para calmar los ánimos y hacer él solo la política conveniente a sus propósitos. Y fue Perón el que preparó el terreno para la decadencia de la Universidad , que comenzó después de su segundo gobierno, en el período comprendido entre 1955 y 1976, período crítico y extenso que no abarcaremos por falta de espacio, pero que marcó un camino del cual aún no hemos salido: la debacle política estudiantil y la falta de representación.

La propuesta de los estudiantes cordobeses, extendida luego a todo el territorio e inclusive a toda América Latina (en el citado Manifiesto liminar se convoca a "los compañeros de América toda" y se los llama a "colaborar en la obra de libertad que inicia [ la Reforma Universitaria de Córdoba]"), vino a romper con toda una época de cabezas gachas y asentimientos permanentes frente a la autoridad. Ante el escolasticismo, se pregona la "revolución"; ante la burocracia, la acción. Se antepone el bien común y la unión de todos los estudiantes para hacer frente tanto a los conflictos internos, como a los externos. No hay que olvidar que los estudiantes se sumaron a la protesta obrera con fervor. Se preocuparon desde el primer momento por los problemas sociales, haciendo extensivo su esquema intrauniversitario al exterior. Y no hablamos de tenues apoyos o de apoyos desde el discurso. Las movilizaciones organizadas por los estudiantes en momentos posteriores a la Reforma fueron atenuadas y no en gran medida, únicamente por sangrientas dictaduras como la de Videla en 1976 y la de Uriburu en 1930. En otros casos, los reclamos nunca cesaron: ni ante la represión Yrigoyenista, ni ante las intervenciones peronistas, ni ante el gobierno militar de Onganía. En todos los casos, hacemos referencia a movilizaciones masivas donde los partidos políticos universitarios no eran mencionados, por una sencilla razón: no eran relevantes. La solidaridad y unión de esos años, mantenida a pesar de ciertas reacciones de derecha como la contrarreforma, guiada por sectores ultracatólicos, fueron el pilar de esa resistencia. En la actualidad, el papel de las organizaciones estudiantiles es casi nulo e inofensivo. Esto se debe, en gran parte, a que lo que en algún momento fue unificado, se ha partido en mil pedazos.

Deodoro Roca afirmaba, en una entrevista para su propio periódico Flecha, que "‘Reforma universitaria' es lo mismo que ‘reforma social'". El cambio, en la concepción reformista, empezaba claramente en ese reducto, en ese "microcosmos" social donde se gestaban las ideas. Sería imposible pensar en la década del 20 sin recordar los preceptos de la Reforma , una década por cierto conflictiva, que finalizó con un estiletazo que se clavó fuerte en el espíritu de protesta: el golpe de Estado de 1930. ¿Por qué, a pesar de todo, el movimiento nunca se disgregó? ¿Por qué, si todo estaba prohibido, los estudiantes se seguían expresando igual, en contra del oficialismo y a favor de la paz? ¿Había acaso otra forma de pensar, distinta a la política propia de esta última década?

Hoy, el sentimiento frente a la política en la universidad es el de apatía y negación. En un relevamiento realizado en 2001 en distintas facultades de la Universidad de Buenos Aires, un alto porcentaje de alumnos decían no estar interesados en política o no pretender involucrarse en ella para no perder tiempo. ¿Debemos creer que se ha perdido lo que Deodoro Roca defendía como esencial? ¿O hay que buscar causas que expliquen por qué, si hay politización, no existe verdadero interés por participar activamente? Tomando esta segunda pregunta, hay que decir que los tiempos han cambiado y mucho. Probablemente, si Roca volviera a la vida, no sabría cómo construir un movimiento universitario solidario. El panorama actual, año 2005, nos ofrece un motivo suficiente para que nadie se preocupe por tratar de cambiar el estado actual de las cosas. No existe siquiera algo parecido a lo que podríamos denominar "horizonte común de intereses". La homogeneidad se ha horadado. O en todo caso, si al menos los intereses ideológicos son similares, la búsqueda particular de beneficios es lo que prevalece. Si en 1918 existía un Manifiesto liminar que convocaba a toda América a levantarse, en 2005 no parece haber un punto común de llegada entre la incalculable cantidad de "partidos de izquierda" – y otros no tanto – que pueblan la UBA. Tal vez por herencia de una época trágica, quizás por el pretendido fervor de cambiar el mundo, lo cierto es que hoy el imaginario colectivo que antes aglutinaba a cientos de miles de jóvenes no existe. La carencia de representación es el corolario de esta situación, que desemboca naturalmente en una debilidad profunda del sector estudiantil frente a la autoridad; un sector desplazado que, por lo menos en el futuro más cercano, no parece exhibir desarrollos productivos.

Contra el monstruo apolítico

La crítica esbozada en estas páginas no tiene como objetivo defender el monstruo que Deodoro Roca combatió hasta su muerte. Lo que se pone en tela de juicio es la organización actual del movimiento estudiantil. Es difícil, por supuesto, intentar dar una solución; y es fácil, por otra parte, negar todo lo que se relacione con la política. Pero acaso sea momento de volver a las fuentes, de revisar el Manifiesto liminar de la Reforma Universitaria de 1918. No debemos dejar de reflexionar sobre el papel actual de la política, ni de entender que "política", aunque hoy tenga otro significado, no implica necesariamente llevar harina sólo para nuestro costal.

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